Hay un momento en la vida de todas las personas en el que surge la necesidad de hacer algo. Este algo puede ser de muchos tipos: una ruptura, un cambio, una decisión fundamental, y suceder en cualquier momento de la existencia, antes o después. El movimiento hippy de los años 60 fue uno de los últimos fenómenos colectivos de respuesta a esa necesidad, que en la mayoría de los casos sucede de forma individual.
Pero no todo el mundo reacciona de la misma forma: hay quienes dan un giro inesperado a sus vidas, hay quienes tratan de integrar en su mundo la nueva situación, y hay quienes la duermen en una huida hacia adelante. Los hay incluso que se inmolan a sí mismos como un relámpago que apenas dura unos periódicos, un par de informativos.
Una de las mayores virtudes y de los máximos defectos del género humano es la capacidad de juzgar. Es una virtud, porque nos pone en contacto con hechos, ideas y situaciones que también forman parte de nosotros mismos, y da cobijo a la moral y a la ética, sin cuya presencia nuestro comportamiento sería una batalla constante contra otros. Y es un defecto, porque en el fondo juzgar carece de sentido sin la condena subsecuente, y todos somos juez y parte al hacerlo.
Es por esto que, cuando surge la necesidad de hacer algo, la primera gran barrera es ese juicio humano del que todos formamos parte, los otros y nosotros mismos, porque paralelo a la acción surge el juicio de la misma, y sólo liberándonos de dicho juicio somos capaces de dar el primer paso.
Decían los pitagóricos que el número 3 es el número de la vida, porque representa el principio, el medio y el final, y este axioma puede aplicarse incluso a nuestras decisiones: algo sucede que nos empuja en alguna dirección, y después sobreviene un camino que busca un final que siempre es desconocido, al igual que todo lo que nos vamos encontrando al caminar.
Por ello solemos afirmarnos en lo único que conocemos: el punto de partida, un punto de partida que a veces es algo tan simple como el enfrentar cara a cara una situación que ya no soportamos. Así, firmemente anclados en nuestro punto de partida, nos lanzamos sin más a un camino desconocido en busca de un final imaginado que a veces ni siquiera existe.
Pero la vida simplemente sucede, por más que tratemos de escrutarla, y nadie es capaz de adivinar ni siquiera qué pasará mañana. Sin embargo, una y otra vez ponemos nuestros pensamientos en ello, como si el medio y el final dejaran de ser imprevisibles al hacerlo.
Y así, lo único aprehensible, lo único cierto y verdadero, el punto de partida, deja de tener importancia frente a lo desconocido, o se escribe sin más como una idea, un deseo, una insatisfacción, un sueño o un acontecimiento determinado. Craso error, porque nada puede iniciarse sin inicio: nuestro punto de partida puede no ser sino un simple fragmento del medio, y entonces no hacemos otra cosa que continuar con aquello que comenzamos sin saber dónde.
Así pues, la primera búsqueda no es la del destino, sino la del origen; aquella que nos haga llegar hasta el punto de partida desde donde iniciarla, sin importar el tiempo que nos lleve ni lo tarde que sea.
Hay un proverbio zen que afirma que hasta los más largos viajes se inician con un sólo paso, pero si no sabemos desde dónde darlo podemos acabar caminando eternamente para no llegar nunca.