El café está caliente.

Despertar, dar un salto brusco, encender un cigarrillo y bajar a toda prisa a por el coche, como todos los días. Después, una breve parada entre trayecto y trayecto, el bar de la esquina.

Un euro veinte, como todos los días, como todos, todos los días.

Nadie dice nada: el cuerpo siempre necesita más horas de sueño, porque la perspectiva del nuevo día se nos hace a veces tan difícil que prolongamos la noche unos minutos o unas horas y quizá nos quedamos dormidos en el sillón y el amanecer, o las primeras luces, nos descubren el dolor de los huesos o de la garganta.

El silencio del bar contra el silencio de las mentes que aún no atisban otro plan distinto al cotidiano. Entras y sales rápidamente y luego, casi sin darte cuenta, el nuevo día te ha descubierto y acude a buscarte con sus esperanzas y sus miedos, con el dolor de ti que ya casi no duele, y el dolor de las cosas contra las que sigues luchando a pesar de que cada vez más sabes que es inútil.

El café está caliente, piensas como costumbre, y das el último sorbo, un euro veinte, como todos los días.

Ya no escribes en el diario, piensas sin querer.

Ya ni siquiera escribes en el diario.

Hace unos años yo trabajaba a tiempo casi completo en la inmobiliaria de un canalla. Malos tiempos para la lírica. Un buen día aparecieron por allí dos mujeres argentinas, que querían ver un local para alquilar. Un bar.

Tras hacerme dar varias vueltas, al final se quedaron con uno muy amplio y en esquina, casi enfrente de la inmobiliaria. Tuve que echarles una mano para casi todo. Eran más o menos cuñadas: el hermano de una era el novio de la más joven, y estaban además el marido de la mayor y dos hijos.

De alguna manera, alquilarles aquello me hizo sentirme responsable y ayudarles en prácticamente todo, desde trabajar una tarde detrás de la barra hasta arreglarles la máquina de café. Nos cogimos cariño, y yo era el confesor de cada uno por separado.

Venían del gran Buenos Aires y, tal vez añoranza, tal vez recuerdos, quisieron ponerle al bar el nombre de una de las pastelerías más emblemáticas de la capital argentina: Las Violetas.

Sobrevivieron menos de un año: el alquiler era demasiado alto y había demasiado descontrol, y creo que casi cada cual acabó tomando su camino más o menos separado de los demás. La vida sigue.

En aquellos días, una tarde decidí volver a coger el teclado y les hice una canción. Aparecí por allí con el CD y les dije que lo pusieran.

- Es un regalo

La escucharon varias veces seguidas; su bar, su tierra tan lejana y los nuevos amigos. Luego, durante varios meses, me la ponían cada vez que llegaba a tomar café y me sonreían.

Buena suerte, viejos.

Ayer por la noche pasé por delante del botellón, o uno de los botellones, de mi ciudad. Era la tercera o la cuarta vez que lo veía, porque uno no tiene ya edad ni situación de andar los sábados de juerga, y no parecía otra cosa que un bar al aire libre de jóvenes.

A eso de las 2 decidí darme un garbeo por allí: primero me senté cerca de varios grupos que charlaban animadamente entre un montón de bolsas y botellas. Después me acerqué a uno de ellos. Eran como unos 10 ó 12 entre chicos y chicas, que calculo que andarían entre los 18 y los 22 años.

- Hola. Os cambio un vaso de lo que tengáis por 3 preguntas.
- ¿Cómo?
- Que vosotros me dais un vaso de lo que sea y a cambio podéis hacerme 3 preguntas.
- ¿Qué clase de preguntas? -me dijo uno que parecía brillar bastante en el grupo
- Sobre lo que queráis
- Pero… ¿de adivinación y eso? -me dijo la que parecía la más resuelta de las chicas, Andrea
- Sobre lo que queráis

El grupo se puso a prepararme rápidamente un vaso: tinto con casera. Parecían buscar un acuerdo sobre las preguntas.

- ¿Adivinación? A ver: ¿cómo se llama esta chica? -dijo Andrea señalando a una amiga
- ¿Esa es una de las 3 preguntas? -dije, mirando a los demás
- No, no, no… ¡Calla, Andrea!
- Bueno -siguió Andrea. ¿Cómo me va a ir con mi pareja?

Pregunté los signos y les estuve explicando sus relaciones. La Astrología es una excelente herramienta educativa que no se usa debido a un erróneo concepto de falsedad que nadie hasta la fecha ha podido demostrar. Estuvimos más de una hora hablando. Los más reacios acabaron uniéndose al corro a preguntar también. Al final, el grueso del grupo se fue, y me quedé solo con una parejita que parecían algo mayores, padres de un bebé de 4 meses.

Era lo que suponía: las cosas en el fondo siguen como siempre.

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