Se acerca el fin de curso en el hemisferio Norte. Los niños están muy difíciles de manejar: días largos y noches cortas, calor, cansancio.
Quieren jugar: no quieren más divisiones. Por eso, a los más pequeños, me los he llevado a jugar al ordenador: basta de explicaciones. Eligiendo bien los juegos resulta muy productivo: estimulas la memoria, la visión espacial, o incluso los lanzas a hacer cálculos mentales que odian hacer en clase.
Hoy he discutido con mi Jefe de Estudios. Es un buen hombre: se nota en cómo le quieren los niños. Él defiende la importancia de la competencia matemática y yo, más de veinte años de enseñanza de las Matemáticas después, estoy convencido de que se puede vivir sin ella con mucha más calidad de vida que sin la competencia artística: la capacidad de disfrutar de las creaciones de otros, incluyendo las de la Naturaleza, o bien la de disfrutar de la propia creación, sea la que sea. Basta con manejar una sola de las dos partes.
Una vida sin disfrute cultural es mucho más triste que sin nociones matemáticas.
Y, sin embargo, a los niños les damos muchas horas de cuentas a la semana y sólo una de Música, a pesar de que la más próxima de las Artes va a acompañarles a diario durante toda su vida.
Tanto enredarnos con los árboles que no nos damos cuenta de cómo es el bosque.